No fui la que lloró
en voz alta.
Fui la que, en cámara lenta,
recogía las migas
de la mesa
como si fueran restos
de un planeta recién
colapsado.
Las hormigas insisten.
La radio también,
como una canción vieja
que suena a promesa
vencida.
Un grito se escapa,
como un pájaro sin nido.
Debajo de la mesa
siguen intactas
todas las veces
que fingimos fiestas.
Alguien siempre
pregunta por la torta,
como si el azúcar
pudiera salvarnos.
Pero no hay milagros.
El mantel en mis manos
parece de papel;
basta un temblor
para que se desvanezca.
Solo una mesa,
y los rostros
que alguna vez dolieron.
Un teléfono fósil
que respira,
un esqueleto
que insiste en llamarnos
desde un tiempo
que ya no existe,
y el cable enroscado
entre los dedos
como un temblor
que no cesa.
La memoria sustituye
la escena de una película
que nunca filmamos.
Los cuerpos ya no están.
La mesa espera,
como si aún creyera
en nosotros.
Mi silencio
sigue en el silencio:
un maullido atrapado
en la garganta del mundo.
Y ahí,
quietas,
como promesas sin boca,
como puertas sin nombres.
Todas
las formas
que no fui.