18.7.25

Escribo amor

Escribo amor,

esa palabra que suena como una promesa gastada,
un signo, un ruido,
una forma arbitraria que todos cargamos sin acuerdo.
Un eco que se pelea con su propio significado.
Un gesto torpe en un idioma que nadie termina de entender.

Escribo amor sabiendo que el signo no es el sentido,
que la palabra es un contenedor roto,
un mapa sin brújula ni leyenda,
una puerta giratoria entre lo que sentimos y lo que callamos.

Un disfraz que se cae a pedazos si lo mirás muy de cerca.

Y sin embargo, escribo amor.
Porque más allá del signo y del sentido,
hay un temblor que no se puede callar,
una necesidad absurda de nombrar lo innombrable,
una locura que se llama amar, aunque no sepamos bien cómo.

Escribo amor como quien se aferra
a una sombra que baila entre lo que fue y lo que no será,
como quien se tropieza con una baldosa floja
y, en vez de maldecir, se ríe,
porque sigue caminando igual.

Escribo amor para que no se muera en silencio,
para que no se esconda detrás de los lugares comunes,
para que no sea solo un adorno ni un cliché barato,
sino un temblor real, incómodo, urgente.

Y vos estás ahí, expectante,
no como príncipe ni sapo,
sino como un gesto sin filtro,
una sombra que no se va ni se queda,
una presencia que no pido que se explique.
Solo que no se apague, aunque no haya final feliz.

Escribo amor porque es lo que queda,
la última grieta por donde entra la vida,
la palabra que se aferra cuando todo se cae,
la rabia dulce que nos mantiene despiertos,
el vértigo lento de seguir queriendo,
sin máscaras, sin guion, sin red.

Y aunque el mundo parezca un filo cortante,
la ternura se esconde
en la promesa muda de no soltarse,
aunque todo tiemble,
aunque nadie entienda del todo,
aunque nunca sepamos cómo se dice bien.

Y sigo escribiendo amor,
porque el poema es un túnel oscuro
que a veces se ensancha y otras veces se cierra,
y la palabra se vuelve sombra y después fuego,
y el ruido interno se transforma en grito mudo
que alguien, en algún lugar, quizás escuche.

Antes de que llueva