Lucía decía
que iba a ser famosa.
Y cuando lo decía,
no parecía soñar,
parecía recordar algo
que le habían prometido
en una vida anterior.
Tenía ese tono.
El de las personas
que saben
sin haber ido
a ninguna parte.
Escribía como quien
escucha el crujido
de su propia alma
y lo anota rápido
antes
de que se le olvide.
No corregía.
No editaba.
Escribía.
Sus textos eran
como un piano
abandonado en la lluvia:
desafinados,
perfectos.
Se puso Loba
como quien se viste
de sombra en una fiesta
de luces.
Loba como la canción,
la de Valeria Lynch,
la que se canta
cuando ya
no se puede llorar.
Decía que no era
por la fuerza,
sino por la herida.
Yo creo que era Loba
porque le dolía
ser cordero.
La conocían así,
y ella no corregía.
Caminaba las calles
como si cada paso
estuviera a punto
de romperse,
y a veces lo rompía.
Loba como un poema
que no se edita.
Loba, y sin embargo,
cuando nadie miraba,
dormía hecha un ovillo,
con los nudillos gastados
de tanto escribir
futuros
que no llegaban.
Yo le dije:
Si sos escritora,
podés vender libros.
Y un día,
los vendió.
No por el dinero.
Sino porque alguien
alguno
tenía que tocar
esa herida
con los ojos abiertos.
ROTA fue su único libro
como si fuera un corazón
colgado de una lámpara.
Y ella lo leía
como quien vuelve
del infierno con noticias.
Yo estaba ahí.
No como público.
No como espectadora.
Yo era parte del incendio,
la que sostenía el balde
sin agua.
Ella me miró,
con esa forma suya
de ver sin medir.
Y me dijo:
“Personas rotas
con almas inocentes,
como vos,
siguen intactas.”
Y me llamaba
Marita Balla.
Siempre con el apellido.
Como si mi apellido
mereciera ternura.
Como si supiera
que también los nombres
cansados
necesitan abrigo.
Y me quedé callada.
Como una foto movida.
Como una lámpara
que se prende sola
en una pieza que
ya no habita nadie.
Lucía era otra gravedad.
Una que no empuja
hacia abajo,
sino hacia adentro.
Amaba con silencios
raros.
Con gestos
que no se traducen.
Sus sobrinos,
su hermano,
sus palomitas
los padres
que ya no estaban
pero seguían volando
entre los muebles.
Su voz tenía el tono
de las cosas
como si hablara
desde una radio vieja,
sintonizada justo
donde empieza la verdad.
No la recuerdo
como mártir.
No la pongo en el mármol.
Lucía no era estatua,
era ala.
Era grieta.
Era rama seca
que suena con el viento.
Era esa frase
que uno se dice
a sí mismo
cuando está por caer
pero no se cae.
Lucía fue
un ascensor
que abre en el piso
equivocado,
una carta escrita
con lápiz
en un barco que se hunde,
una canción
que se escucha
solo una vez
y después se borra,
un animal
que te lame la herida
sin saber que la tenés.
La mataron.
Fue todo eso.
Y yo la vi.
Y yo estuve.
Y yo no me olvido.