17.7.25

Lucía era otra gravedad


Lucía decía

que iba a ser famosa.

Y cuando lo decía,

no parecía soñar,

parecía recordar algo

que le habían prometido

en una vida anterior.


Tenía ese tono.

El de las personas 

que saben

sin haber ido 

a ninguna parte.


Escribía como quien

 escucha el crujido 

de su propia alma

y lo anota rápido

antes 

de que se le olvide.


No corregía.

No editaba.

Escribía.


Sus textos eran 

como un piano

 abandonado en la lluvia:

desafinados,

perfectos.


Se puso Loba 

como quien se viste 

de sombra en una fiesta

 de luces.

Loba como la canción, 

la de Valeria Lynch,

la que se canta

cuando ya 

no se puede llorar.

Decía que no era 

por la fuerza,

sino por la herida.

Yo creo que era Loba

 porque le dolía 

ser cordero.

La conocían así, 

y ella no corregía.

Caminaba las calles 

como si cada paso 

estuviera a punto 

de romperse,

y a veces lo rompía.


Loba como un poema 

que no se edita.

Loba, y sin embargo,

 cuando nadie miraba,

dormía hecha un ovillo,

con los nudillos gastados

 de tanto escribir

 futuros 

que no llegaban.


Yo le dije:

Si sos escritora,

podés vender libros.

Y un día,

los vendió.


No por el dinero.

Sino porque alguien 

alguno

tenía que tocar 

esa herida 

con los ojos abiertos.

ROTA fue su único libro

como si fuera un corazón

 colgado de una lámpara.

Y ella lo leía

como quien vuelve 

del infierno con noticias.

Yo estaba ahí.

No como público.

No como espectadora.

Yo era parte del incendio,

la que sostenía el balde

sin agua.


Ella me miró,

con esa forma suya 

de ver sin medir.

Y me dijo:

“Personas rotas 

con almas inocentes,

como vos,

siguen intactas.”

Y me llamaba

Marita Balla.

Siempre con el apellido.

Como si mi apellido

 mereciera ternura.

Como si supiera 

que también los nombres

 cansados

necesitan abrigo.

Y me quedé callada.

Como una foto movida.

Como una lámpara

 que se prende sola

en una pieza que 

ya no habita nadie.


Lucía era otra gravedad.

Una que no empuja

 hacia abajo,

sino hacia adentro.


Amaba con silencios 

raros.

Con gestos 

que no se traducen.


Sus sobrinos,

su hermano,

sus palomitas 

los padres 

que ya no estaban

pero seguían volando

 entre los muebles.

Su voz tenía el tono

de las cosas

como si hablara 

desde una radio vieja,

sintonizada justo 

donde empieza la verdad.


No la recuerdo

 como mártir.

No la pongo en el mármol.

Lucía no era estatua,

era ala.

Era grieta.

Era rama seca 

que suena con el viento.

Era esa frase

que uno se dice 

a sí mismo

cuando está por caer

pero no se cae.


Lucía fue 

un ascensor 

que abre en el piso

 equivocado,

una carta escrita 

con lápiz 

en un barco que se hunde,

una canción 

que se escucha 

solo una vez 

y después se borra,

un animal 

que te lame la herida 

sin saber que la tenés.

La mataron.

Fue todo eso.

Y yo la vi.

Y yo estuve.

Y yo no me olvido.

Antes de que llueva