14.7.25

La luciérnaga

Cuentan que, cuando una luciérnaga sube muy alto, no es por el viento. Es porque algo allá arriba se entreabre. No una grieta, una puerta. De esas que no se abren solas. Y que si no llega alguien a empujar del otro lado, una se queda girando en falso, luz encendida y sin entrada.

La luz de las luciérnagas no es constante. Parpadea, se apaga, vuelve. Dicen que buscan pareja. Que si alguien responde al mismo ritmo, el pulso se estabiliza. Dos fuegos que se reconocen en mitad del silencio. Como si por un segundo, el mundo respirara parejo.

Pero a veces nadie contesta. Y una sigue brillando igual. Porque no es para que la vean. Es para no apagarse.

Uno cree que olvida. Pero hay recuerdos que no se van, se disfrazan. Vuelven como olores, como gestos, como ese sueño raro. Y si todavía duele, si hay algo que late en lo que falta, entonces no lo perdiste del todo. Lo llevás puesto.

Y si lo que se fue sigue hablando desde adentro, ¿realmente se fue?

Hay cosas que no desaparecen. Solo se transforman en otra cosa. Un silencio raro, una manía nueva, una pregunta que no se formula. Como si el amor no muriera, solo cambiara de idioma.

Y entonces mirás al cielo

Y la ves

Una sola. Alta. Lejos. Volando como si supiera que no hay respuesta. Como si igual valiera la pena encenderse

Y por un instante, vos también.

Porque no todo lo que arde necesita ser salvado.

A veces, solo necesita seguir ardiendo.

Antes de que llueva