13.7.25

Lo que retrocede no es el cuerpo

 

Te hiciste silencio.

Como el agua que se va 

por debajo

y no deja marca 

en la piedra,

así te fuiste quedando lejos.


Y sin querer, algo en mí,

algo manso y terco,

volvió sobre tus pasos.

No con tristeza,

ni con esa urgencia

 ridícula del amor,

sino con la lentitud

con que vuelven

 los pájaros

a los árboles 

sin nido.


Camino calles sin nombre,

y el sol, en su modo de caer,

dobla la sombra 

de los árboles

como si supiera algo de vos.

Hay viento,

y en el viento,

una curva parecida 

a tu voz.


No estoy volviendo a vos.

O no del todo.

Vos sos apenas el lugar

donde caen las cosas

que ya no puedo sostener.


No hay nostalgia,

sólo una música liviana,

como una canción 

mal tarareada

que me arrastra los pies.


Pienso, con esa claridad

 rara que da el cansancio,

que tal vez no eras vos

 quien se fue.

Tal vez fui yo.

Y lo que vuelve ahora 

no es el cuerpo,

sino la conciencia,

esa punzada leve

de saber que me desvié

y no tuve el coraje 

de admitirlo.


No hay árboles altos acá.

No hay sauces.

Hay sombras chiquitas,

bajo una luz 

que ya no abriga,

y el sonido lento

de algo blando

 rompiéndose.


Esa soy yo, volviendo.

Aunque nadie lo note.

Aunque no haya un lugar.

Aunque lo que vuelve

no tenga nombre 

ni cuerpo,

salvo por el eco

que dejaste.


Como la lluvia,

caigo.

Como la lluvia,

me pierdo en la tierra.


Pero no vuelvo

 para quedarme,

sino para decirme 

una vez más

que desaparecer

no es lo mismo que irse.


El cuerpo puede irse,

pero el ruido 

de lo que fuimos

queda.

Se pega a los huesos.

Y duele

más de lo que una dice

en voz alta.


Y vos, si alguna vez

 lo pensás,

te acordarás de mí,

de la  fui.


¿Quién es la que vuelve?


A veces una vuelve 

para volver a irse.

Y seguir siendo el poema

 que se rompe.


Antes de que llueva