Te hiciste silencio.
Como el agua que se va
por debajo
y no deja marca
en la piedra,
así te fuiste quedando lejos.
Y sin querer, algo en mí,
algo manso y terco,
volvió sobre tus pasos.
No con tristeza,
ni con esa urgencia
ridícula del amor,
sino con la lentitud
con que vuelven
los pájaros
a los árboles
sin nido.
Camino calles sin nombre,
y el sol, en su modo de caer,
dobla la sombra
de los árboles
como si supiera algo de vos.
Hay viento,
y en el viento,
una curva parecida
a tu voz.
No estoy volviendo a vos.
O no del todo.
Vos sos apenas el lugar
donde caen las cosas
que ya no puedo sostener.
No hay nostalgia,
sólo una música liviana,
como una canción
mal tarareada
que me arrastra los pies.
Pienso, con esa claridad
rara que da el cansancio,
que tal vez no eras vos
quien se fue.
Tal vez fui yo.
Y lo que vuelve ahora
no es el cuerpo,
sino la conciencia,
esa punzada leve
de saber que me desvié
y no tuve el coraje
de admitirlo.
No hay árboles altos acá.
No hay sauces.
Hay sombras chiquitas,
bajo una luz
que ya no abriga,
y el sonido lento
de algo blando
rompiéndose.
Esa soy yo, volviendo.
Aunque nadie lo note.
Aunque no haya un lugar.
Aunque lo que vuelve
no tenga nombre
ni cuerpo,
salvo por el eco
que dejaste.
Como la lluvia,
caigo.
Como la lluvia,
me pierdo en la tierra.
Pero no vuelvo
para quedarme,
sino para decirme
una vez más
que desaparecer
no es lo mismo que irse.
El cuerpo puede irse,
pero el ruido
de lo que fuimos
queda.
Se pega a los huesos.
Y duele
más de lo que una dice
en voz alta.
Y vos, si alguna vez
lo pensás,
te acordarás de mí,
de la fui.
¿Quién es la que vuelve?
A veces una vuelve
para volver a irse.
Y seguir siendo el poema
que se rompe.