27.1.25

Para mis Hijos

 
          Educación emocional

La trilogía de la humanidad fallida


                   Parte I

El debut de la improvisación


La educación emocional es como ese curso que está en el programa escolar pero que nadie dicta. Todos se la llevan a marzo y, lo peor, ni siquiera intentan aprobarla. Porque, claro, criar a un ser humano no requiere más que una ovulación exitosa o un espermatozoide motivado. Nadie firma un contrato diciendo: “Sí, tráeme a este mundo lleno de cambio climático, descuentos de ganancias y listas de espera en terapia. Suena espectacular.”

Y ahí está el niño, criado no por pilares sólidos, sino por estructuras emocionales que parecen construcciones ilegales a punto de derrumbarse. Si tenés suerte, te tocan padres amorosos; si no, te toca medio pilar tambaleante y el otro ausente, interpretando su propia versión de “Buscando la felicidad”. Mientras tanto, el que se queda, agotado y con responsabilidades acumuladas, trata de mantener la fachada mientras el niño se convierte en un experto en equilibrismo emocional.

Porque criar no es solo alimentar o educar. Criar debería ser un acto consciente, no un reality show emocional donde los hijos tienen que competir por atención y estabilidad. Pero, claro, aquí estamos, en un sistema donde se improvisa todo menos la culpa que se les asigna a los hijos cuando algo sale mal.


                  Parte II

 La secuela del desastre generacional


Y como si sobrevivir a esa infancia tambaleante no fuera suficiente, viene el segundo acto: la adultez, donde te encontrás haciendo de terapeuta amateur para los mismos padres que te arruinaron emocionalmente. “¿Por qué no me llamás más seguido?” o “Vos sos el único que me entiende”, dicen, como si tu trabajo fuera resolver los traumas que ellos nunca se molestaron en gestionar.

Es el colmo de la ironía, aquellos que deberían haber sido tu sostén emocional ahora esperan que seas el suyo. Porque el pilar que sobrevivió está desgastado, y el otro, el famoso “macho alfa” que de alfa no tiene ni la actitud, sigue buscando nuevas parejas para reciclar su sistema emocional podrido. Nuevas mujeres, nuevos hijos, nuevos intentos fallidos de arreglar lo que nunca se esforzaron por entender.

Y mientras tanto, vos, el hijo desplazado, tenés dos opciones: ser brillante y romper el ciclo o quedarte atrapado en el mismo patrón de miseria emocional. Porque, seamos claros, la educación emocional no es un regalo que se hereda; es un premio que solo unos pocos logran alcanzar, generalmente después de años de terapia y autoayuda.


                Parte III

 El desenlace de la miseria emocional


Y aquí estamos, en el tercer acto, el gran cierre de esta trilogía donde la educación emocional sigue siendo la materia pendiente de toda la humanidad. Porque, al final, el verdadero problema no son los padres ausentes ni los hijos sobrecargados; es un sistema que nunca nos enseñó a amar sin cargar, a cuidar sin culpar, y a criar sin proyectar nuestras frustraciones.

Lo más trágico de todo esto es que podría ser tan simple. Bastaría con entender que tener hijos no es un título honorífico ni una excusa para resolver tus vacíos existenciales. Que los hijos no son terapeutas, ni trofeos, ni segundas oportunidades. Son personas, y merecen algo más que ser lanzados al mundo con la esperanza de que improvisen mejor que vos.

Porque nunca vi a un óvulo ni a un espermatozoide decir: “Sí, tráeme a este planeta lleno de miseria emocional y tareas interminables. Suena increíble.” Pero aquí estamos, intentando sobrevivir a un ciclo que nadie se molestó en romper.

Y si algo queda claro después de todo esto, es que no somos responsables del desastre que heredamos, pero sí de no perpetuarlo. Porque la única verdadera educación emocional empieza cuando aprendemos a mirar a ese caos y decir: “Conmigo no.” Ahí, y solo ahí, empieza la posibilidad de algo diferente.

Antes de que llueva