17.2.25

San Charbel y la Mirada que No Se Cesa



San Charbel,

te quedaste mirando 

la piedra

hasta que dejó 

de ser piedra

y fue grieta,

y la grieta fue sombra,

y la sombra se hizo luz 

en tus pupilas.


Te quedaste 

mirando 

el agua

y el agua 

no fue agua

sino reflejo,

y el reflejo 

fue tiempo,

y el tiempo 

un sonido sin dueño

que solo el viento 

sabía descifrar.


La noche te envolvía

como una túnica sagrada,

el frío no fue 

castigo 

ni prueba,

solo el roce del mundo

contra tu piel.


Miraste tu propio aliento

hasta entender 

que era préstamo,

que todo lo que sale 

de la boca

vuelve un día al silencio,

como el río 

vuelve a la nube

y la nube 

a la nada.


Tocaste la madera 

del umbral

hasta que la madera 

fue árbol de nuevo,

y el árbol fue semilla,

y la semilla un misterio

 más grande

que cualquier oración

 aprendida de memoria.


No hablaste

porque sabías 

que la palabra

hace del mundo

algo más pequeño.


No pediste

porque entendiste 

que todo lo dado

ya había sido concedido

antes de formular 

la súplica.


Enséñame a mirar

sin querer poseer,

a tocar sin querer 

retener,

a quedarme quieta

sin que el tiempo duela.

Que la luz de una vela 

en la noche,

me baste para saber

que nunca estuve sola,

que todo lo que me rodea

me ha estado esperando.


Que al cerrar los ojos

pueda ver,

y al guardar silencio

por fin escuche.

Antes de que llueva