San Charbel,
te quedaste mirando
la piedra
hasta que dejó
de ser piedra
y fue grieta,
y la grieta fue sombra,
y la sombra se hizo luz
en tus pupilas.
Te quedaste
mirando
el agua
y el agua
no fue agua
sino reflejo,
y el reflejo
fue tiempo,
y el tiempo
un sonido sin dueño
que solo el viento
sabía descifrar.
La noche te envolvía
como una túnica sagrada,
el frío no fue
castigo
ni prueba,
solo el roce del mundo
contra tu piel.
Miraste tu propio aliento
hasta entender
que era préstamo,
que todo lo que sale
de la boca
vuelve un día al silencio,
como el río
vuelve a la nube
y la nube
a la nada.
Tocaste la madera
del umbral
hasta que la madera
fue árbol de nuevo,
y el árbol fue semilla,
y la semilla un misterio
más grande
que cualquier oración
aprendida de memoria.
No hablaste
porque sabías
que la palabra
hace del mundo
algo más pequeño.
No pediste
porque entendiste
que todo lo dado
ya había sido concedido
antes de formular
la súplica.
Enséñame a mirar
sin querer poseer,
a tocar sin querer
retener,
a quedarme quieta
sin que el tiempo duela.
Que la luz de una vela
en la noche,
me baste para saber
que nunca estuve sola,
que todo lo que me rodea
me ha estado esperando.
Que al cerrar los ojos
pueda ver,
y al guardar silencio
por fin escuche.