16.2.25

Un alfajor sin Wi-Fi

 


Lo ponés sobre la mesa.

Lo compraste temprano

como quien compra

 una promesa pequeña

 de placer

para sostener la rutina,

para sostenerse a sí mismo.


El envoltorio brilla

 con una arrogancia

 plástica,

como un vendedor

 de cursos  personales,

como alguien que dice

 “soy mi propio jefe”

 para procrastinar.


Un destello barato

 que nunca 

va a biodegradarse,

un fósil prematuro,

un testigo silencioso

 de que exististe.


Lo girás con la mano.

El chocolate 

tiene un brillo irregular,

unas líneas

 apenas torcidas,

como si alguien

 en la fábrica hubiera

 tenido un mal día

un empleado cansado,

 mirando su reloj,

pensando en la última

 cuota del préstamo

 que aún no puede pagar.

Un tipo que justo 

esa mañana no estaba 

del todo concentrado

y dejó su pequeña marca 

de frustración en tu alfajor.


Si la fábrica tuviera 

una galería de arte,

ese alfajor estaría

 en exhibición

con una placa que dice

 "Desgano con relleno".


Lo abrís con cuidado,

como quien abre

 un paquete de galletitas

 en clase sin querer

 llamar la atención,

como un arqueólogo

 desenterrando 

un artefacto sagrado,

o como alguien que intenta

 despegar un sticker 

sin que queden restos

 de pegamento.


Escuchás un susurro

 apenas audible,

un murmullo químico 

que se desprende

 del envoltorio arrugado,

un mensaje de plástico

 eterno,

sin remordimiento

 ni emoción

que va  a durar 

más que vos en esta tierra.


Lo mordés igual.


Hoy no necesitás

 tragedias griegas.

No hay héroes,

no hay dioses 

bajando del Olimpo,

solo un alfajor 

cumpliendo su función,

sin drama, 

sin ambiciones,

como un empleado público

 un viernes a las tres

de la tarde.


El chocolate abre

 la feromona del amor,

el dulce de leche

 despierta la gula,

y el azúcar,

 fiel a su naturaleza,

hace lo suyo en tu cuerpo,

como un hacker 

 metiéndose en tu sistema

 sin que lo notes.


Nada revolucionario.

Nada que vaya a cambiar

 el curso de la historia.


Solo química.


Solo azúcar viajando

 por tu sangre,

como un algoritmo

 que no programaste

pero que igual decide

 por vos.


Levantás la vista.

No hay nadie.

No hay Wi-Fi.

No hay pruebas 

de que esto haya ocurrido.


Mirás el alfajor.

Mirás el celular.


Y en un acto

 de supervivencia,

lo sostenés con la mano

 y escribís:


"Comiendo un alfajor.

 16/02. Le faltaba más

 relleno."


Porque alguien, algún día,

tiene que saberlo.


O al menos,

vos 

necesitás 

pensar 

que 

sí.




Antes de que llueva