Lo ponés sobre la mesa.
Lo compraste temprano
como quien compra
una promesa pequeña
de placer
para sostener la rutina,
para sostenerse a sí mismo.
El envoltorio brilla
con una arrogancia
plástica,
como un vendedor
de cursos personales,
como alguien que dice
“soy mi propio jefe”
para procrastinar.
Un destello barato
que nunca
va a biodegradarse,
un fósil prematuro,
un testigo silencioso
de que exististe.
Lo girás con la mano.
El chocolate
tiene un brillo irregular,
unas líneas
apenas torcidas,
como si alguien
en la fábrica hubiera
tenido un mal día
un empleado cansado,
mirando su reloj,
pensando en la última
cuota del préstamo
que aún no puede pagar.
Un tipo que justo
esa mañana no estaba
del todo concentrado
y dejó su pequeña marca
de frustración en tu alfajor.
Si la fábrica tuviera
una galería de arte,
ese alfajor estaría
en exhibición
con una placa que dice
"Desgano con relleno".
Lo abrís con cuidado,
como quien abre
un paquete de galletitas
en clase sin querer
llamar la atención,
como un arqueólogo
desenterrando
un artefacto sagrado,
o como alguien que intenta
despegar un sticker
sin que queden restos
de pegamento.
Escuchás un susurro
apenas audible,
un murmullo químico
que se desprende
del envoltorio arrugado,
un mensaje de plástico
eterno,
sin remordimiento
ni emoción
que va a durar
más que vos en esta tierra.
Lo mordés igual.
Hoy no necesitás
tragedias griegas.
No hay héroes,
no hay dioses
bajando del Olimpo,
solo un alfajor
cumpliendo su función,
sin drama,
sin ambiciones,
como un empleado público
un viernes a las tres
de la tarde.
El chocolate abre
la feromona del amor,
el dulce de leche
despierta la gula,
y el azúcar,
fiel a su naturaleza,
hace lo suyo en tu cuerpo,
como un hacker
metiéndose en tu sistema
sin que lo notes.
Nada revolucionario.
Nada que vaya a cambiar
el curso de la historia.
Solo química.
Solo azúcar viajando
por tu sangre,
como un algoritmo
que no programaste
pero que igual decide
por vos.
Levantás la vista.
No hay nadie.
No hay Wi-Fi.
No hay pruebas
de que esto haya ocurrido.
Mirás el alfajor.
Mirás el celular.
Y en un acto
de supervivencia,
lo sostenés con la mano
y escribís:
"Comiendo un alfajor.
16/02. Le faltaba más
relleno."
Porque alguien, algún día,
tiene que saberlo.
O al menos,
vos
necesitás
pensar
que
sí.