15.2.25

El Último Día de San Valentín



No es lo que crees.

(Y lo que crees

 probablemente sea

una mezcla entre 

una publicidad 

de chocolates 

con música cursi

y una mala 

interpretación histórica

 en Wikipedia

con datos editados 

por un tipo en Kansas

que cree que "romántico"

 y "romano" son lo mismo).


Valentín no era un mártir

 del amor.

Era un tipo terco.

(Y si la historia 

nos ha enseñado algo,

es que la terquedad 

es una forma 

de resistencia,

o al menos

 de supervivencia,

hasta que el Estado

 dice basta

 y te corta la cabeza).


La historia real,

Roma. Siglo III.

El emperador Claudio II

 dice que el amor debilita.

Los soldados casados

 piensan demasiado 

en su esposa,

en sus hijos, 

en su perro 

que dejó en la casa 

de su cuñado

que no es muy confiable.


Un soldado distraído 

es un soldado que muere

o, peor aún, 

que piensa demasiado

 antes de matar.


Valentín se pone en modo

 "héroe de película

 independiente"

y empieza a casar 

soldados en secreto.

No hay violines de fondo.

No hay discursos épicos.

Solo un hombre

 con túnica sucia

diciendo que el amor 

es más fuerte 

que la guerra,

pero olvidando 

que la guerra 

paga mejor

y viene con plan

 de retiro 

y tres comidas diarias.


Lo arrestan.

Porque el amor 

no es delito,

pero desobedecer 

a un emperador sí lo es.


(Nota al pie: toda

 revolución romántica es,

en el fondo, 

un problema

 administrativo).


Y aquí es donde la historia

 empieza a convertirse 

en marketing.


Dicen que en la celda

 conoció a la hija 

del carcelero,

que era ciega, 

pero que por amor 

volvió a ver

como si el amor 

fuera un seguro médico

 premium de osde.


Dicen que le escribió 

una carta con la frase

"De tu Valentín"

como si estuviera

 firmando una promo

de descuento 

en bombones 

Ferrero Rocher.


Pero lo que 

en realidad pasó

(no lo que te cuentan 

en las películas,

ni lo que se imprime 

en tarjetas

hechas en fábricas 

donde nadie tiene días

 libres

y donde, 

irónicamente, 

el amor

es un concepto

 desconocido),

es que lo decapitaron

con la eficiencia 

de un sistema burocrático

que ha decapitado

 suficientes personas

como para que la cabeza

 de un hombre

se vuelva tan irrelevante

 como una factura

 vencida.  


Y luego, como siempre,

el capitalismo hizo lo suyo.


Porque Valentín muere

y lo convierten en santo.

Y luego en un feriado 

no oficial.


Y luego en una excusa 

para vender cenas

 temáticas,

y peluches tamaño

 industrial

y anillos de compromiso

que cuestan más 

que un mes de alquiler.


San Valentín, 

el hombre que murió

 porque creyó en el amor,

se convierte en un eslogan

 que dice:

"¡Compra antes

 del 14 de febrero 

y llévate un 20% 

de descuento!"

"¡Envío gratis en rosas 

rojas a partir de $9.999!"

"¡Haz que este San Valentín

 sea inolvidable 

con una caja de chocolates

que cuestan tres veces más

 que cualquier

 otro día del año!"


(El amor como acto 

de resistencia

se convierte en el amor

 como oferta 2x1).


Y entonces, la pregunta:

¿Qué habría pensado

 Valentín

si hubiera visto 

su rostro en un cupón 

de descuento?


¿Habría estado de acuerdo

 en que el amor es algo 

que se celebra

una vez al año 

con reservas anticipadas 

en un restaurante

 temático?


¿O habría simplemente

 pedido la cuenta

y dejado una propina

 justa?


Porque al final,

lo que nadie quiere admitir

es que el amor,

cuando no está regulado

 por el Estado

o manipulado 

por el mercado,

es un problema logístico.

Y los problemas logísticos

siempre encuentran

 la forma

de convertirse en negocio.

Porque el amor,

en todas sus versiones,

es una resistencia.

O un eslogan.

Depende de quién 

cuenta la historia.

Antes de que llueva