No es lo que crees.
(Y lo que crees
probablemente sea
una mezcla entre
una publicidad
de chocolates
con música cursi
y una mala
interpretación histórica
en Wikipedia
con datos editados
por un tipo en Kansas
que cree que "romántico"
y "romano" son lo mismo).
Valentín no era un mártir
del amor.
Era un tipo terco.
(Y si la historia
nos ha enseñado algo,
es que la terquedad
es una forma
de resistencia,
o al menos
de supervivencia,
hasta que el Estado
dice basta
y te corta la cabeza).
La historia real,
Roma. Siglo III.
El emperador Claudio II
dice que el amor debilita.
Los soldados casados
piensan demasiado
en su esposa,
en sus hijos,
en su perro
que dejó en la casa
de su cuñado
que no es muy confiable.
Un soldado distraído
es un soldado que muere
o, peor aún,
que piensa demasiado
antes de matar.
Valentín se pone en modo
"héroe de película
independiente"
y empieza a casar
soldados en secreto.
No hay violines de fondo.
No hay discursos épicos.
Solo un hombre
con túnica sucia
diciendo que el amor
es más fuerte
que la guerra,
pero olvidando
que la guerra
paga mejor
y viene con plan
de retiro
y tres comidas diarias.
Lo arrestan.
Porque el amor
no es delito,
pero desobedecer
a un emperador sí lo es.
(Nota al pie: toda
revolución romántica es,
en el fondo,
un problema
administrativo).
Y aquí es donde la historia
empieza a convertirse
en marketing.
Dicen que en la celda
conoció a la hija
del carcelero,
que era ciega,
pero que por amor
volvió a ver
como si el amor
fuera un seguro médico
premium de osde.
Dicen que le escribió
una carta con la frase
"De tu Valentín"
como si estuviera
firmando una promo
de descuento
en bombones
Ferrero Rocher.
Pero lo que
en realidad pasó
(no lo que te cuentan
en las películas,
ni lo que se imprime
en tarjetas
hechas en fábricas
donde nadie tiene días
libres
y donde,
irónicamente,
el amor
es un concepto
desconocido),
es que lo decapitaron
con la eficiencia
de un sistema burocrático
que ha decapitado
suficientes personas
como para que la cabeza
de un hombre
se vuelva tan irrelevante
como una factura
vencida.
Y luego, como siempre,
el capitalismo hizo lo suyo.
Porque Valentín muere
y lo convierten en santo.
Y luego en un feriado
no oficial.
Y luego en una excusa
para vender cenas
temáticas,
y peluches tamaño
industrial
y anillos de compromiso
que cuestan más
que un mes de alquiler.
San Valentín,
el hombre que murió
porque creyó en el amor,
se convierte en un eslogan
que dice:
"¡Compra antes
del 14 de febrero
y llévate un 20%
de descuento!"
"¡Envío gratis en rosas
rojas a partir de $9.999!"
"¡Haz que este San Valentín
sea inolvidable
con una caja de chocolates
que cuestan tres veces más
que cualquier
otro día del año!"
(El amor como acto
de resistencia
se convierte en el amor
como oferta 2x1).
Y entonces, la pregunta:
¿Qué habría pensado
Valentín
si hubiera visto
su rostro en un cupón
de descuento?
¿Habría estado de acuerdo
en que el amor es algo
que se celebra
una vez al año
con reservas anticipadas
en un restaurante
temático?
¿O habría simplemente
pedido la cuenta
y dejado una propina
justa?
Porque al final,
lo que nadie quiere admitir
es que el amor,
cuando no está regulado
por el Estado
o manipulado
por el mercado,
es un problema logístico.
Y los problemas logísticos
siempre encuentran
la forma
de convertirse en negocio.
Porque el amor,
en todas sus versiones,
es una resistencia.
O un eslogan.
Depende de quién
cuenta la historia.