Te levantás y el mundo
ya está en marcha.
El sol no espera,
la gravedad tampoco.
El tráfico es un río de luces
que avanza con una prisa
que no es tuya,
pero que igual te arrastra.
Respira.
Pensá en las pequeñas
victorias,
cebarte un mate,
enhebrar una palabra
coherente antes de las 10,
responder "bien"
aunque nadie realmente
quiera saberlo.
Son detalles ínfimos,
pero en días como hoy,
son todo.
El cansancio
no es una señal de derrota,
sino de que seguís acá,
de que estás vivo.
Los pensamientos
que intentan hundirte
son solo visitantes,
y como todo visitante,
también se van.
La tristeza tiene un ciclo.
Nace, vive y muere
como las estaciones,
como la hoja
que no pregunta
por qué se cae,
como la ciudad
que siempre
tiene una sombra
más larga que el día.
Solo hay que abrigarse
en el punto más álgido,
y esperar a que pase.
Porque créeme,
pasa.
Si el peso en el pecho
te insiste,
llévalo
como una mochila
ajustando las correas,
repartiendo el peso,
dejando que el cuerpo
se acostumbre,
hasta que un día,
sin saber cuándo,
se siente más liviano.
Mirá tu reflejo en la pantalla
apagada del celular,
o en el agua
de algún charco
insignificante,
ahí estás
[vos]
y aunque no lo creas,
sos más fuerte que ayer.
No por grandes hazañas,
sino por seguir intentándolo
cuando nadie mira.
No hay épica en esto.
No hay discurso motivacional
ni banda sonora.
Solo el sonido
de tus propios pasos
y la certeza de que,
uno más,
es suficiente.
Y ahora a pensá en la palabra
lucha,
como si fuera un animal
dormido en tu pecho,
esperando el momento justo
para abrir los ojos y rugir.
Porque lo hará.
Porque lo hiciste antes.
Porque cada día que pasa
es una prueba
de que la lucha
no es el final,
sino el latido
que te mantiene
en pie