14.2.25

Manual para sobrevivir un día más


Te levantás y el mundo 

ya está en marcha.

El sol no espera, 

la gravedad tampoco.


El tráfico es un río de luces 

que avanza con una prisa

 que no es tuya,

pero que igual te arrastra.


Respira.

Pensá en las pequeñas 

victorias,

cebarte un mate,

enhebrar una palabra

coherente antes de las 10,

responder "bien" 

aunque nadie realmente 

quiera saberlo.


Son detalles ínfimos,

pero en días como hoy,

son todo.


El cansancio 

no es una señal de derrota,

sino de que seguís acá,

de que estás vivo.


Los pensamientos 

que intentan hundirte

son solo visitantes,

y como todo visitante,

también se van.

La tristeza tiene un ciclo.

Nace, vive y muere

como las estaciones,

como la hoja 

que no pregunta 

por qué  se cae,

como la ciudad 

que siempre 

tiene una sombra

más larga que el día.

Solo hay que abrigarse 

en el punto más álgido,

y esperar a que pase.

Porque  créeme, 

pasa.


Si el peso en el pecho 

te insiste,

llévalo  

como  una mochila

ajustando las correas,

repartiendo el peso,

dejando que el cuerpo 

se acostumbre,

hasta que un día, 

sin saber cuándo,

se siente más liviano.


Mirá tu reflejo en la pantalla

 apagada del celular,

o en el agua 

de algún charco

 insignificante,

ahí estás 

[vos]

y aunque no lo creas,

sos más fuerte que ayer.

No por grandes hazañas,

sino por seguir intentándolo

cuando nadie  mira.


No hay épica en esto.

No hay discurso motivacional 

ni banda sonora.


Solo el sonido 

de tus propios pasos

y la certeza de que, 

uno más,

es suficiente.


Y ahora a pensá en la palabra

  lucha,

como si fuera un animal

 dormido en tu pecho,

esperando el momento justo

para abrir los ojos y rugir.

Porque lo hará.

Porque lo hiciste  antes.

Porque cada día que pasa

es una prueba

de que la lucha 

no es el final,

sino el latido 

que te mantiene 

en pie

Antes de que llueva