1.2.25

Siete minutos en McDonald’s

El vaso de naranja,

con hielo,

tiene una vida útil

de exactamente siete minutos.


No más,

no menos.


McDonald's lo sabe.

Tal vez en un laboratorio,

alguien con una bata blanca

observó el punto exacto

en que el hielo deja de ser hielo

y se convierte en agua 

flotando en un líquido

que ya no es naranja.


En la mesa de al lado,

un hombre de traje

se inclina sobre su celular.

Su vaso tiene más hielo

que el mío.


¿Por qué?


Tal vez el aire acondicionado

de su lado funciona mejor.

Tal vez es más paciente

y no lo ha tocado todavía.

Tal vez McDonald's

le dio más hielo que a mí

porque en algún lugar,

alguien decide eso.


O tal vez nada importa,

y el hielo igual se derrite.


Siete minutos.


El tigre rojo acecha

en el reflejo de la ventana,

una sombra

que solo existe

cuando la luz parpadea.


No hay selvas en McDonald's,

pero si las hubiera,

este sería un buen lugar

para esperar el fin del mundo,

mientras el hielo muere

lentamente

en un vaso de plástico reciclable.


La chica de la caja se ríe.

No sé si ríe de verdad

o porque le pagan por sonreír.


Me pregunto si alguna vez

ha pensado

en cuánto tarda un vaso

en vaciarse,

o si es más bien

el tipo de persona

que no mira su reloj,

porque sabe

que el tiempo igual

se la va a llevar.


El vaso está casi vacío.

El tigre,

no.


El hombre de traje

sigue ahí.


Y yo sigo acá,

esperando

que algo pase.


Pero no pasa.


El hielo se derrite.

El tiempo también.


Y en algún laboratorio,

alguien de bata blanca

anota el dato

sin levantar la vista.


Siete minutos.


No más,

no menos.


El vaso está vacío.

El tigre se ha ido.


Solo queda el reflejo.


Y en el reflejo,

no hay nadie.

Antes de que llueva