El vaso de naranja,
con hielo,
tiene una vida útil
de exactamente siete minutos.
No más,
no menos.
McDonald's lo sabe.
Tal vez en un laboratorio,
alguien con una bata blanca
observó el punto exacto
en que el hielo deja de ser hielo
y se convierte en agua
flotando en un líquido
que ya no es naranja.
En la mesa de al lado,
un hombre de traje
se inclina sobre su celular.
Su vaso tiene más hielo
que el mío.
¿Por qué?
Tal vez el aire acondicionado
de su lado funciona mejor.
Tal vez es más paciente
y no lo ha tocado todavía.
Tal vez McDonald's
le dio más hielo que a mí
porque en algún lugar,
alguien decide eso.
O tal vez nada importa,
y el hielo igual se derrite.
Siete minutos.
El tigre rojo acecha
en el reflejo de la ventana,
una sombra
que solo existe
cuando la luz parpadea.
No hay selvas en McDonald's,
pero si las hubiera,
este sería un buen lugar
para esperar el fin del mundo,
mientras el hielo muere
lentamente
en un vaso de plástico reciclable.
La chica de la caja se ríe.
No sé si ríe de verdad
o porque le pagan por sonreír.
Me pregunto si alguna vez
ha pensado
en cuánto tarda un vaso
en vaciarse,
o si es más bien
el tipo de persona
que no mira su reloj,
porque sabe
que el tiempo igual
se la va a llevar.
El vaso está casi vacío.
El tigre,
no.
El hombre de traje
sigue ahí.
Y yo sigo acá,
esperando
que algo pase.
Pero no pasa.
El hielo se derrite.
El tiempo también.
Y en algún laboratorio,
alguien de bata blanca
anota el dato
sin levantar la vista.
Siete minutos.
No más,
no menos.
El vaso está vacío.
El tigre se ha ido.
Solo queda el reflejo.
Y en el reflejo,
no hay nadie.