La tarde
se desliza
sobre el río.
Su corriente
lleva reflejos
pequeñísimos,
dorados.
Los peces
nadan,
sílabas sueltas
en un poema
que el agua
escribe
y borra.
El sauce
inclina su cuerpo,
casi rozando
el río.
Le cuenta
un secreto.
Sus ramas
susurran palabras
antiguas.
El viento
peina la costa.
Las islas
flotan,
dibujadas
en un horizonte
de barro
y junquillos,
donde el tiempo
anida
sin prisa.
Más allá,
la estatua
vigila la orilla.
El bronce
del estibador
sostiene el peso
de tantas madrugadas,
de espaldas curvadas,
de manos gastadas
por el río.
Alguien
le escribió
un poema.
A veces,
el viento
arrastra su voz,
como si el río
aún susurrara
su nombre.
Como si el agua
aún llevara
el peso
de sus pasos.
Hundo
los pies
en la arena
caliente.
El agua
tibia
lame la huella
y la borra.
No importa
cuántas veces
regrese.
El río
siempre
está esperando.
Tal vez
no sea solo el río.
Tal vez
alguien recuerda.