Lo reconoció antes de verlo,
como si su cuerpo supiera
antes que sus ojos
que era él,
como si el amor tuviera
memoria propia,
como si lo conociera
de otras y otras vidas.
Se lanzó a su espalda
sin pensarlo,
lo abrazó,
como quien no quiere
tentar al destino,
como quien teme
que el tiempo
no le conceda
otra oportunidad.
Lo sostuvo fuerte,
aferrándose a su calor,
como si pudiera
detener el instante,
como si pudiera
retenerlo un poco más.
Se rió,
hizo chistes
con su voz un poco más alta,
habló y habló y habló,
como si así pudiera llenar
algo más que la despedida.
Él la escuchaba
con una sonrisa,
la sonrisa
de quien graba
ese momento.
Aflojaron el abrazo
lentamente,
dejando solo aire
donde antes
estuvo el cuerpo.
Ella sintió el peso del instante,
lo miró una última vez.
Él dio un paso hacia otro lado,
y luego otro
y otro,
ella también.
Porque el amor
es para siempre,
aunque el tiempo
no siempre lo sea.
Porque hay personas
que se aman,
que se encuentran,
y que se reconocen,
cada vez que se miran.