A esta altura
el aire ya no recuerda
tu nombre
y la voz se convierte
en un hilo de luz
que tambalea.
En la habitación azul
la tristeza flota
como una medusa
moviéndose lenta,
como si todo el mar
le pesara en la almohada.
Si cerrás los ojos
el tiempo y el espacio
son apenas otra forma
de respirar juntos.
El agua se derramó del vaso
y las estrellas subieron
despacio
hasta el cielo del techo,
dejando un rastro
como si hubieran cruzado
a caballo
sobre la piel del aire.
Si miramos bien
nuestras iniciales
flotan
sobre un mar
que nunca deja de moverse.
Alguien respira
en la otra orilla
de la noche.
No lo veo,
pero cada vez
que parpadeo
me devuelve la mirada,
como si mis ojos
fueran dos puertas
que siempre miran
hacia el mismo cuarto.
En el último segundo
antes del amanecer
se comprende que
algunas distancias
no se miden en metros
sino en el silencio
que queda flotando
cuando dos miradas
se sueltan.