Para Rudy, por el amor
Yo tenía una llave.
Una puerta verde.
Y otra blanca.
Una abría hacia adentro.
La otra
nunca supe si abría.
Quizás estaba rota.
Nunca lo sabré.
Me la dieron una noche
en que nadie hablaba.
Y la guardé
como quien esconde
una semilla de sandía en la boca,
por si el mundo se termina.
Las casas tenían nombres,
pero nadie los decía.
Mi abuela nombraba a las cosas
como si fueran personas:
“la mesa”,
“la sombra”,
“el viento”.
Yo creí que la llave
era para el viento.
Una vez la usé
y apareció mi infancia.
Entera.
Con sus platos rotos,
las luces de navidad
que no encendían,
y un perro viejo
que se llamaba Manuel,
que siempre me miraba
como si supiera algo.
Otra vez la giré
y salí al patio.
Mi madre dormía
con los ojos abiertos.
Mi padre no estaba.
Mi sombra tampoco.
¿Y si nunca hubo puerta?
¿Quién decide qué abre
y qué se deja cerrado
para siempre?
A veces sueño
que estoy parada
frente a una cerradura.
No hay puerta.
No hay casa.
Solo la cerradura.
Y la llave
—todavía—
en mi mano.
Un hombrecito de papel,
hecho de una servilleta,
entra por la cerradura.
Y sale cuando quiere.
Podría apostar los dados a que sí.
Pero la servilleta se usa
para limpiar la boca
y luego se tira.
Él también tenía hormigas
en el corazón.
Pero no le importaba.
Hay dolores más grandes
que una hormiga en el piso
después de barrer migas.
Él veía y vivía lo que sentía,
pero no lo que necesitaba.
Caminaba solo por las noches,
las veredas anchas,
las arboledas,
las calles de Santiago del Estero,
y Pascual Palma.
La vida es eso,
para algunos sin suerte,
tratar de volver a casa.
Sus ojos azules.
Sus botas negras.
Su caja de gritos.
El “lastimé” de la calle.
Lastimé, del 2008,
sin tapa ni papel.
Su cielo solitario.
Sus estrellas con telescopios.
Su mesa larguísima
como los inviernos.
Su bolso de cuero marrón
con papeles que ya no lee.
Su caja de herramientas
donde también guardaba
las cosas que no se arreglan.
Y yo,
su amadísima,
tratando de volver a casa.
El hombrecito de papel
todavía me espera,
arrugado,
en el borde de algún recuerdo.
A veces me visita.
Me cuenta que lee
—en las mejores bibliotecas.—
Ya no guarda secretos.
Ya no le duele el mundo.
Ya no dice lo difícil que es amar.
Compone canciones
y poemas
como quien hace un nido
con hilos en el aire.
Se ríe con ternura
porque me mira —todavía—
tratando de volver a casa.
Susurra:
La llave es para volver a vos.
Las puertas también tienen miedo de ser abiertas.
Y yo,
con la llave intacta,
en el puño cerrado,
respiro hondo,
camino lento,
todavía
tratando
de volver
a vos.
Tratando
de volver
—a casa.