Una vez soñé
con una puerta
que abría hacia adentro
y no dejaba salir.
Ahí, justo ahí,
guardé a mi madre.
A su padre,
al testamento que nadie le escribió,
al reclamo
que no termina de decir.
¿Quién inventó la culpa?
¿Con qué herramientas se construye una herencia?
Dónde se firma
el dolor familiar.
Una mujer china
mira un llavero con la forma
de una isla sin nombre,
como si ahí pudiera esconderse
todo lo que nunca se dice.
No pregunta a dónde ir.
Solo lo aprieta fuerte,
como quien sabe
que todo lo que no entendemos
igual nos lleva.
Mi madre repite
que no sabe.
¿Pero qué es no saber?
¿Es un lugar?
¿Un idioma perdido?
¿Un agujero en la lengua
donde se esconden las palabras
que no se dijeron?
Nosotros
ponemos la mesa,
hacemos café,
damos el buen día.
Tapamos la ausencia
con manteles prolijos
y voz suave.
Quién cuida al que cuida.
¿Quién le dice a una madre
que el mundo no era justo
antes de ella?
Yo guardo las preguntas
como monedas de otro país.
No sirven,
pero brillan.
Qué pasa si un día
dejamos de hacer como que no duele
¿ Iván, quién nos abrazará
si decimos la verdad?
La ternura
es una forma de gritar.
Pensar que no pudimos.
Saber que no podremos.
Y todo quedará en nuestra memoria.
La cruauté humaine laisse ses cicatrices sur les fils des fils.
La crueldad humana deja sus cicatrices en los hijos de los hijos.
Lo dijo alguien.
O tal vez
lo dijimos todos
cuando ya era tarde.
Y allá,
la mujer china
aún aprieta su llavero
como si pudiera encontrar en él
la dirección exacta
de lo que no se hereda,
pero duele igual.
Mientras tanto,
las hormigas roen el corazón.
Pero no importa.
Hay un dolor más grande
que migajas.