4.8.25

Sostener el fuego sin gritar

I.

Hay cosas 
que no se nombran.
Porque al nombrarlas,
se quiebran.
Como los huesos.
Como las promesas.

Yo aprendí a mirar
sin parpadear.
A sostener el fuego
sin quemarme.
A sostener el fuego
sin gritar.
A quedarme
en la habitación
cuando todos se van.

Porque alguien
tiene que mirar
lo que los otros evitan,
la grieta en la vajilla,
la humedad que crece
en la palabra mamá,
el gesto que tiembla
justo antes del abrazo
que no llega.


II.

Una vez una mujer
 me dedicó un poema.
Una vez un hombre 
me dedicó un poema.
Y ahí quedó,
como un verso suelto
en la costilla,
un rayo detenido,
a punto de parir
su herida.

Y una hormiga, insultos.
Y otro hombre, miradas.
Y otro, siempre mía.
Y una mosca:
 humillación.
La humillación  
no se perdona 
 en las 7 vidas 
de los gatos
ni en la literatura.
Bien condena Sir Eliot,
no habrá  perdón.
“Fear death by water.”
y una tiembla,
aunque no haya sonido.


¿Qué hay de mí?
¿Qué de la caída?

Una mujer barría
la vereda
 con un vestido
viejo.
Hacía girar las hojas.
No hablaba.
Pero la escoba
 cantaba por ella.
La escoba decía.
Hay belleza en repetir
los gestos que nadie
agradece.

Yo la vi.
Y me callé.


III.

Mi cuerpo aprendió
a guardar poemas
en lugares
donde nadie revisa.
Entre las costillas.
Debajo de la lengua.
Adentro del insomnio.

Amo sin palabras.
Pero dejo pistas.
El que se atreva
a buscar,
que entienda.
No va a encontrarme
 a mí.
Va a encontrarse
ardiendo.

IV.

¿Quién dejó este mundo
en manos de los cínicos?

¿Quién firmó la orden
de exiliar el temblor?

¿Quién decretó
que la ternura
es debilidad?

Que vengan a buscarme.
Estoy sentada
en el centro exacto
del incendio.
Con los ojos abiertos.
Y un poema
entre la lengua.


V.

La tortuga volvió.
Más vieja.
Más lenta.
Pero cargando
un libro abierto.

Lo dejó sobre la mesa
junto a una taza vacía.
Yo lo abrí.
Solo decía:
No te salves.
Escribí.

Antes de que llueva