No hay un instante preciso
en que alguien decide irse.
Es un rumor leve,
un picor en la espalda,
una incomodidad que crece
como el viento
antes de la tormenta.
Pero partir
no siempre es geográfico.
A veces, irse es dejar un lugar
sin mover los pies.
Es dejar de ser quien uno
ha sido
para otros.
Soltar, como quien abre
los dedos
y deja caer algo
que alguna vez sostuvo
con gran fuerza.
El que se va nunca tiene
las respuestas.
Solo sabe que quedarse
es no volar.
Que un día más
es un día menos.
Y entonces se va.
Sin ruido,
sin certezas,
sin mapas.
Solo con el viento
empujando desde adentro.