Marita Balla
Marita Balla Poesía
16.8.25
15.8.25
6225 metros. Versos en Movimiento
"6.225 metros" es un viaje poético inspirado en las alturas que desafían los límites humanos, como las que alcanzó Jorge Newbery en sus vuelos legendarios. A esa altitud, el aire deja de reconocer tu nombre y la voz se convierte en un hilo de luz que tambalea.
Un relato visual donde la poesía y la historia se encuentran, invitando a contemplar el silencio que habita las distancias.
14.8.25
6.225 metros
A esta altura
el aire ya no recuerda
tu nombre
y la voz se convierte
en un hilo de luz
que tambalea.
En la habitación azul
la tristeza flota
como una medusa
moviéndose lenta,
como si todo el mar
le pesara en la almohada.
Si cerrás los ojos
el tiempo y el espacio
son apenas otra forma
de respirar juntos.
El agua se derramó del vaso
y las estrellas subieron
despacio
hasta el cielo del techo,
dejando un rastro
como si hubieran cruzado
a caballo
sobre la piel del aire.
Si miramos bien
nuestras iniciales
flotan
sobre un mar
que nunca deja de moverse.
Alguien respira
en la otra orilla
de la noche.
No lo veo,
pero cada vez
que parpadeo
me devuelve la mirada,
como si mis ojos
fueran dos puertas
que siempre miran
hacia el mismo cuarto.
En el último segundo
antes del amanecer
se comprende que
algunas distancias
no se miden en metros
sino en el silencio
que queda flotando
cuando dos miradas
se sueltan.
5.8.25
Volver a vos
Para Rudy, por el amor
Yo tenía una llave.
Una puerta verde.
Y otra blanca.
Una abría hacia adentro.
La otra
nunca supe si abría.
Quizás estaba rota.
Nunca lo sabré.
Me la dieron una noche
en que nadie hablaba.
Y la guardé
como quien esconde
una semilla de sandía en la boca,
por si el mundo se termina.
Las casas tenían nombres,
pero nadie los decía.
Mi abuela nombraba a las cosas
como si fueran personas:
“la mesa”,
“la sombra”,
“el viento”.
Yo creí que la llave
era para el viento.
Una vez la usé
y apareció mi infancia.
Entera.
Con sus platos rotos,
las luces de navidad
que no encendían,
y un perro viejo
que se llamaba Manuel,
que siempre me miraba
como si supiera algo.
Otra vez la giré
y salí al patio.
Mi madre dormía
con los ojos abiertos.
Mi padre no estaba.
Mi sombra tampoco.
¿Y si nunca hubo puerta?
¿Quién decide qué abre
y qué se deja cerrado
para siempre?
A veces sueño
que estoy parada
frente a una cerradura.
No hay puerta.
No hay casa.
Solo la cerradura.
Y la llave
—todavía—
en mi mano.
Un hombrecito de papel,
hecho de una servilleta,
entra por la cerradura.
Y sale cuando quiere.
Podría apostar los dados a que sí.
Pero la servilleta se usa
para limpiar la boca
y luego se tira.
Él también tenía hormigas
en el corazón.
Pero no le importaba.
Hay dolores más grandes
que una hormiga en el piso
después de barrer migas.
Él veía y vivía lo que sentía,
pero no lo que necesitaba.
Caminaba solo por las noches,
las veredas anchas,
las arboledas,
las calles de Santiago del Estero,
y Pascual Palma.
La vida es eso,
para algunos sin suerte,
tratar de volver a casa.
Sus ojos azules.
Sus botas negras.
Su caja de gritos.
El “lastimé” de la calle.
Lastimé, del 2008,
sin tapa ni papel.
Su cielo solitario.
Sus estrellas con telescopios.
Su mesa larguísima
como los inviernos.
Su bolso de cuero marrón
con papeles que ya no lee.
Su caja de herramientas
donde también guardaba
las cosas que no se arreglan.
Y yo,
su amadísima,
tratando de volver a casa.
El hombrecito de papel
todavía me espera,
arrugado,
en el borde de algún recuerdo.
A veces me visita.
Me cuenta que lee
—en las mejores bibliotecas.—
Ya no guarda secretos.
Ya no le duele el mundo.
Ya no dice lo difícil que es amar.
Compone canciones
y poemas
como quien hace un nido
con hilos en el aire.
Se ríe con ternura
porque me mira —todavía—
tratando de volver a casa.
Susurra:
La llave es para volver a vos.
Las puertas también tienen miedo de ser abiertas.
Y yo,
con la llave intacta,
en el puño cerrado,
respiro hondo,
camino lento,
todavía
tratando
de volver
a vos.
Tratando
de volver
—a casa.
Las preguntas arden
Una vez soñé
con una puerta
que abría hacia adentro
y no dejaba salir.
Ahí, justo ahí,
guardé a mi madre.
A su padre,
al testamento que nadie le escribió,
al reclamo
que no termina de decir.
¿Quién inventó la culpa?
¿Con qué herramientas se construye una herencia?
Dónde se firma
el dolor familiar.
Una mujer china
mira un llavero con la forma
de una isla sin nombre,
como si ahí pudiera esconderse
todo lo que nunca se dice.
No pregunta a dónde ir.
Solo lo aprieta fuerte,
como quien sabe
que todo lo que no entendemos
igual nos lleva.
Mi madre repite
que no sabe.
¿Pero qué es no saber?
¿Es un lugar?
¿Un idioma perdido?
¿Un agujero en la lengua
donde se esconden las palabras
que no se dijeron?
Nosotros
ponemos la mesa,
hacemos café,
damos el buen día.
Tapamos la ausencia
con manteles prolijos
y voz suave.
Quién cuida al que cuida.
¿Quién le dice a una madre
que el mundo no era justo
antes de ella?
Yo guardo las preguntas
como monedas de otro país.
No sirven,
pero brillan.
Qué pasa si un día
dejamos de hacer como que no duele
¿ Iván, quién nos abrazará
si decimos la verdad?
La ternura
es una forma de gritar.
Pensar que no pudimos.
Saber que no podremos.
Y todo quedará en nuestra memoria.
La cruauté humaine laisse ses cicatrices sur les fils des fils.
La crueldad humana deja sus cicatrices en los hijos de los hijos.
Lo dijo alguien.
O tal vez
lo dijimos todos
cuando ya era tarde.
Y allá,
la mujer china
aún aprieta su llavero
como si pudiera encontrar en él
la dirección exacta
de lo que no se hereda,
pero duele igual.
Mientras tanto,
las hormigas roen el corazón.
Pero no importa.
Hay un dolor más grande
que migajas.
4.8.25
Sostener el fuego sin gritar
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Creí que para arder hacía falta la chispa exacta, un rayo en el pecho, esa palabra que no se dice pero igual corta. Pensé que el incend...
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No fui la que lloró en voz alta. Fui la que, en cámara lenta, recogía las migas de la mesa como si fueran restos de un planeta recién cola...
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Escribo amor, esa palabra que suena como una promesa gastada, un signo, un ruido, una forma arbitraria que todos cargamos sin acuerdo. U...